Hace tres años compré un lote de terreno en un jardín del edén si los hay, donde habrá hadas y duendes si los hay, pero sobre todo un lugar donde la preservación del entorno es una meta. Por razones que no vienen al caso, hoy estoy renunciando a ese sueño por otro. Mi pedazo (583 metros cuadrados) de un pedazo del Paraíso está en venta, a un precio único, además. Véanlo.     SacbeAndresJorge

 

 

 

La cocina de Vero tiene un aliño secreto cuyo aroma se percibe en el aire desde que uno llega, incluso antes. Ella no lo declarará, por supuesto, pero algunos tenemos ese olfato: huele a una combinación de amores.

Primero, el de la autora, la Vero y su cocina al minuto y con comida, toda una referencia cubanísima que sólo los de la Isla Grande entendemos a plenitud (habrá quien no sepa, supongo, que hubo otra Cocina al minuto sin comida en Cuba).

Segundo, el de un tal Emilio García Montiel, de oficio poeta aunque ya no lo ejerza, de profesión nipón nacionalizado cubano de Miami (nadie escapa a su destino).

Tercero, los que se suman ya, los elegidos, quienes tenemos el privilegio de ser sus amigos, quienes dejamos por ahí nuestra presencia agradecida, en el aire, entre los resquicios ocultos de esa casa enorme y tibia a hogar.

Palabras y gestos que discurren entre los anfitriones y su grupo de amigos, gente cuando menos de ideas, a veces incluso de buenas ideas, pero, sobre todo, su gente, los que ellos eligieron para que estén ahí. Testigos.

Emilio y yo tenemos algo de almas gemelas, de hermanos del alma desde que nos conocimos hace veinte años. Así que de paso, al reencuentro de esa gran amistad, —Emilio nos esperaba en casa—,Vero y yo pasamos por cervezas, como siempre.

Y como siempre, yo estaba muerto de hambre, lo traigo en mi ADN cubano post-1959, hambre vieja, y aproveché para comprar una telera de pan rotulado como cubano (que parece cubano post-1959) y croquetas, tan caras a mi paladar isleño, al cual insisten en pegarse también aquí, del otro lado.

Vero sugirió una cerveza de reciente aparición en el mercado que a Emilio la había gustado. La compramos. Resultó ser —almas gemelas— una cerveza fuerte, gustosa, de mucho cuerpo, para beber en serio, no en serie. Pero Emilio y yo, también como siempre, hicimos ambas cosas, con toda propiedad, empinándonos una tras otra, mientras Vero cocinaba su curry japonés, al que yo había accedido con un uhú, ¿te gusta?, uhú, ¿pero te gusta? uhú.

Emilio hacía también un poco de pinche de cocina e insistía en que iba a gustarme. Conocía el curry indio y no me gusta. (Cada vez que lo como empiezo a pronunciar el inglés como Peter Sellers en The Party). Pero por Vero, y por Emilio, y por ellos dos juntos, me expondría, estaban esos ingredientes secretos. De los cuales, el más importante, por supuesto, es… Vero, una mujer que es un amor, y lo derrocha con suavidad, con cubana sencillez y soltura, sin ambages.

Hasta que llegó el momento. Yo ya había apaciguado el hambre con las croquetas y aún tenía una reserva en el cielo de la boca por si el curry no me gustaba. Y había saciado mi sed con la cerveza, y ya me había puesto al día con mi alma gemela sobre cine, música, libros y otras boberías que compartimos cuando nos vemos cada veinte años, así que estaba listo para probar el curry japonés de Vero.Un whisky para hacer la transición y ahí vamos.

Vino precedido por ese aroma sutil del amor colándose por todas partes (no como el indio, que se percibe a cuatro cuadras). La verdad es que me había seguido desde que llegué a la Feria del libro de Miami esta vez con su halago al autor, al amigo, a la combinación de ambos o a lo que sea que soy para algunos, pero en la cocina de Vero se potencializa, se dispara, se siente al máximo, y quizá eso es lo que le da a sus platillos ese toque, esa distinción, ese gusto, esa sensación de agradecimiento cuchara en mano, de armonía con la vida, de momento perfecto, una exquisitez… Un privilegio que tendrá que repetirse.

Ps: Gracias, Vero, podrías añadírselo de mi parte: Cocina cubana con comida… y con amor. Y luego di que la cursilería es mía y así me promocionas, que yo llego primero a las 10,000 croquetas acumuladas que a las 10,000 visitas a mi blog. Y La cocina de Vero, al minuto y con comida ya llegó, y bien merecido que se lo tiene. AJ

 

 

Anoche tuve la ocurrencia de observar cómo le cercenaban la cabeza a un hombre con una motosierra. Justo antes de poner mi cabeza en la almohada. Por lo menos tuve el tino de no mirar una segunda ejecución en el mismo video; al que sigue lo degüellan con un cuchillo. Cerré la página justo en el momento en que le ponían la hoja en la garganta y luego, para refrescar, me puse a leer otro tipo de noticias con la idea de ahogar lo visto entre otras imágenes.

Y lo logré mientras estuve en eso. Pero en cuanto cerré los ojos y me dispuse a dormir entendí mi error: un ser humano normal no puede ver algo así y luego dormir tranquilo, como si nada. La escena volvía una y otra vez sin descanso. Empecé a preguntarme qué me había motivado a ver una ejecución entre narcos.

Seguía los titulares del día y la navegación me trajo a este puerto, o puerta al infierno y, vaya estupidez, me hizo cuestionarme −a esas horas de la noche− si tenía agallas para observar la escena. Quería saber qué sentía, cómo era un acto tan brutal en la realidad.

Pero hay otra razón de fondo quizá que me empujó a ello. En la espiral siempre ascendente de violencia que se vive hoy en México empezamos a sentir que es imposible evadirla todo el tiempo: cerrar los ojos no va a alejar esa realidad. Más bien, uno empieza a entender que puede toparse con ella a la vuelta del camino.

No importa si has vivido una vida normal, si nunca le has puesto un dedo encima a nadie, si eres una gente de bien, y odias cualquier forma de violencia contra otro ser humano. Eso no te va a salvar de este infierno ni te vas a quitar de su camino. Constaté, eso sí, que abrirlos tampoco sirve de mucho, como no sea para perder el sueño.

 

El gusano blanco vivía solo en su palo podrido. Un día se miró en el espejo y se encontró feísimo. O feísima, no tenía idea de cual era su sexo, no se veía por ninguna parte, sólo estrías. No se parecía a nadie, no había conocido siquiera a sus padres, que según se decía eran muy diferentes a él: tenían alas y hermosos colores. Su pariente más cercano debía ser el gordo Michelin que se veía en un anuncio del otro lado de la calle.

Pensó en qué podía hacer, tenía cara de gusano, una protuberante boca de gusano y cuerpo de gusano. No quiero ser feo y repulsivo, le dijo a su mejor amiga, una mariquita andariega que pernoctaba en su hueco, quiero ser como tú, tener colores y volar ¿Qué hago?

Tienes que reinventarte, le explicó la mariquita.

¿Reinventarme?

Es una palabra de moda: si tú no estás a gusto contigo, te reinventas y ya.

¿Y cómo se hace eso?

No lo sé, pero es lo que hace Madonna, se reinventa todo el tiempo. Para empezar yo no me presentaría al mundo en esas fachas.

¿Por qué?

Eres horrible, un gusano blanco.

Es lo que no entiendo: ¿qué te hace a ti un ser hermoso y a mí fea, o feo?

No sé. Tendrías que hablar con un humano. Ellos manejan esos conceptos.

No puedo hablar con un humano. En cuanto me le aparezca, me pisa o me tira por la ventana. Los humanos son los primeros que no me quieren ver ni en pintura. Pero tú si podrías hablar con ellos, les encantan las mariquitas.

Mejor dime catarina.

¿O Ladybug, en inglés?, ¿dama escarabajo? (igual, también tienes una dudosa sexualidad, dijo para sus adentros el Gusano Blanco, pero no quiso ofenderla y que se fuera y lo dejara solo de nuevo). Hoy, cuando salgas ¿hablarías con un humano por mí? A ti no te van a pisotear, ni a despachurrarte, porque eres linda, o lindo, así es esto.

Y la catarina, también llamada mariquita, esa mañana se posó en el brazo de un humano y le preguntó cómo era eso de la belleza y la fealdad.

Y el humano dijo:

Nuestra especie tiene un sentido natural del gusto.

¿Y eso qué significa?

Significa que un mojón te sabe a mierda y un jabugo a gloria.

¿Qué es un jabugo?

Un jamón serrano español.

La bella Catarina, que a fuerza de no tener que usar el cerebro para sobrevivir era medio bruta y desinformada, iba a preguntar qué era un español, pero se dio cuenta que no le hacía falta, con mierda y jamón bastaba, no había que complicar las cosas. Y quiso volar a explicarle a su amigo el Gusano Blanco.

Pero el humano, que estaba pasando en esos momentos por una crisis de identidad, agradeció la oportunidad que le daba la vida. Buscándose a sí mismo/misma, había hallado esta valiosísima información en Internet: “Se considera afortunado el encontrar una mariquita. Matarlas es de mala suerte. En algunas tradiciones suele colocarse la mariquita en la palma de la mano, cerrar los ojos y pedir un deseo. Cuando la mariquita emprende el vuelo, se considera que el deseo fue liberado en el Universo para ser contestado”.

Y entendió que la visita de la Dama Escarabajo era una señal. La colocó en la palma de su mano, cerró los ojos y pidió un deseo, no sabemos cual, era su más íntimo secreto, pero sí que en su rostro de dibujó una sonrisa malévola.

El Gusano Blanco, que a fuerza de estar solo consigo mismo se había vuelto un ser reflexivo, le dio vueltas al asunto de la mierda-mierda y el jamón ibérico.

¿Y qué pasa si uno toma el mojón y lo envuelve con el jabugo?

Por dentro sigue siendo mierda, dijo la mariquita.

Claro, pero nadie lo ve.

Quizá eso es lo que quiere decir reinventarse, concluyó la Catarina conocida como Ladybug,  usar disfraces.

Disfraces, dijo el Gusano Blanco, eso es, disfraces. ¿Cómo no había pensado en algo tan sencillo? Reinventarse. Y de repente cayó en trance, le vino como un delirio, babeaba y repetía lo de disfraces y reinventarse. No lo sabía, pero había entrado en la fase de crisálida. Su propia baba lo fue envolviendo… El último recuerdo que le quedó de su vida de gusano fueron esas dos palabras. En todo el tiempo que estuvo en hibernación se repetían como pulsaciones: disfraces, reinventarse, disfraces, reinventarse, disfraces, reinventarse. Y a medida que pasaba el tiempo, se iba formando en su nueva cabeza una noción definida de lo que sería en su próxima vida.

Así nació Lady Gaga. Pero ojo, esta es una fábula de nuestro tiempo, no termina como aquellas de antes con una moraleja, ya no sirven para nada las moralejas, nadie las escucha. A lo sumo, lo que podemos dejar aquí es una ADVERTENCIA: No intente hacer esto en casa, no de cualquier mier… Gusano Blanco sale una Lady Gaga.

La entrevista publicada en Otrolunes y realizada por el escritor Ladislao Aguado.

Su última novela publicada es Voyeurs, en 2003. Barcos que se cruzan en la noche aparece en 2011. ¿Qué sucedió entre medias?

Lo más significativo es que tuve que ganarme la vida. Hice una carrera profesional como editor jefe de varias revistas, algunas de reconocimiento como National Geographic, o Reader’s Digest, donde también dirigí el departamento de libros. En el poco tiempo y energía intelectual que me quedaba escribía novelas a las cuales tampoco pude entregarme mucho y no me convencieron del todo. Pude publicar mi cuarta novela también con Alfaguara México, pero no me pareció una opción después de mi experiencia con Voyeurs. Cuando finalmente pude decirle adiós al mundo corporativo, ya tenía la idea de Barcos que se cruzan en la noche (y de toda la trilogía). La escribí entre 2008 y 2009 y en el 2010 la envié a dos o tres concursos y editoriales. Anagrama y Tusquets, que eran las de mayor interés para mí, me enviaron sus negativas de cajón, sin mayores explicaciones, probablemente nunca la leyeron, pero eso tampoco es importante ahora. O lo es, pero en otro sentido: contribuyó a consolidar la idea de crear mi propio sello editorial y publicar mi obra de manera independiente, algo a lo que ya me empujaba mi larga experiencia de trabajo en el medio editorial.

 

Hablemos de Barcos que se cruzan en la noche.

Barcos se desarrolla en una Isla Grande cuyo referente no puede ser otro que Cuba. La historia tiene que ver con la pérdida de la inocencia de Adrián Niebla y la desintegración de su entorno, pero va más allá y convoca el sentimiento de pérdida y desarraigo de toda una generación y hasta de una nación. Mi trilogía está en deuda con Agota Kristof y su Claus y Lucas, sobre todo por Le Grand Cahier; su lectura iluminó ciertos espacios necesarios, una manera de contar. Lo señalo porque como escritor agradezco encontrarme con esos maestros, descubrirlos. Sería una lástima que un día le dieran un premio Nobel o algo así y pasara a ser una escritora pública.

 

Hablemos de la Trilogía de la Isla Grande.

Tres hermanos, tres novelas. La segunda, Kali la Oscura, está bastante avanzada y debe salir publicada en diciembre de 2012. En los próximos meses publicaré un avance en mi blog www.andresjorge.com. La tercera entrega también es un proyecto ya concretado, que tengo muy claro aunque no haya escrito nada aún. No son continuación una de otra; hay vínculos entre las tres novelas, por supuesto, pero cuentan historias y experiencias de vida muy diferentes.

 

¿Por qué ha elegido un sello independiente, propio, para publicar sus nuevos libros?

Esta decisión parte de un fundamento económico, una base tecnológica, y la convicción de que mis libros merecen encontrarse con su lector y soy yo también quien debe hacer que eso suceda, ningún editor lo hará; de hecho ya no existen los editores literarios, o son muy pocos y viven asediados o están quebrados. Publiqué mis tres primeras novelas con Planeta y Alfaguara, incluso gané un premio a primera novela, pero eso fue hace tiempo y no fue la mejor experiencia; las grandes editoriales ya no tienen interés en el tipo de escritor que soy, ni yo en ellas. Y son un robo. Pagarle el diez por ciento a un escritor por su obra es bastante miserable, pero uno debe entender que la editorial asume el riesgo financiero por la producción y distribución de tu obra, y tiene que pagarle a un ejército de empleados para mantenerse funcionando, eso no le deja mucho espacio de maniobra. Si aplicamos la ley de Pareto, el 20 por ciento de sus autores y/o libros, generan el 80 por ciento de las ventas de una editorial (casi nunca obras literarias de peso, sino culebrones). Y viceversa; el ochenta por ciento de los autores generan el 20 por ciento restante y son más bien un lastre para los grandes sellos editoriales y sus libros son huérfanos en las librerías; sin nadie que los defienda, duran una semana en la contienda por los espacios de exhibición. No sólo ha costado un huevo que la editorial te publique, te va a costar más que el librero lo mantenga en exhibición una semana, y el resto del proceso ya lo sabemos. No vendiste, eres persona non grata, sigues en la sentina o desapareces de nuestro catálogo. Hasta los lectores te reclaman. No sé cuántas veces escuché la pregunta ¿Y dónde se pueden comprar tus libros? Y tuve que dar una larguísima explicación para no decir: en ninguna parte, no los vas a encontrar, no existen porque se los entregué a una editorial y ahora están arrumbados entre meados de ratones en algún almacén. ¿No sería mejor y más digno que tu libro estuviera quizá en una sola librería de Madrid o de México D.F., pero que tú pudieras decirle a tu lector: vete allí, tendrás mi libro?

 

¿Qué es la Costra Nossa?

En estos momentos no es nada. La Costra Nossa soy yo y dos autores que nos ponemos a debatir y soñar un mundo con más escritores independientes. El día que unos cuantos buenos escritores empiecen a trabajar en la producción, promoción y distribución de sus propios libros, y el movimiento “indie” tome fuerza en la lengua española, pueden suceder cosas muy interesantes. Puede haber escritores independientes de un lado y otro del Atlántico, que colaboren con los demás del gremio. Si yo tengo unos cuantos pares en Argentina y España, por ejemplo, tengo la garantía de que harán por mis libros lo que yo pueda hacer por los suyos en México, y habrá puestos de exhibición de escritores independientes en las ferias del libro y hasta un premio al mejor libro independiente del año, a obra publicada, por supuesto, porque un escritor independiente solo lo es cuando ha publicado su obra de manera independiente. Habrá de nuevo libreros independientes y librerías y el público sabrá dónde encontrarlas. Es solo un comienzo, un sueño, pero lo que para mí es ya una realidad es que solo los escritores pueden defender la literatura hoy como una forma legítima de arte, nadie más puede hacerlo, las pequeñas editoriales emergentes no pueden hacer mucho (aunque no las descarto como socios potenciales) y a los sellos editoriales establecidos no les interesa, sino todo lo contrario, conforman su catálogo con base en el valor comercial de corto plazo de la obra, que generalmente es inversamente proporcional a su valor literario. Pero en unos años, me atrevo a pronosticar, La Costra Nossa será mucho más que un sueño, ya veremos.

 

¿Cómo entiende la nueva relación entre el escritor y los lectores?

No creo que haya mucho de nuevo por ahora. El lector se relaciona generalmente con la obra, no con el escritor. Cuando reconoce a un autor y lo sigue, es porque leyó por lo menos una obra suya que lo estremeció y ese será su punto de referencia. En cualquier caso, habrá una relación diferente del escritor independiente con sus lectores en el sentido de que el autor tendrá que salir a buscarlos y hacerles saber, con total humildad: mira aquí está mi obra, es buena, cómprala. Algo difícil ¿no?, los escritores no se conciben a sí mismos de esa manera en relación con su obra y menos con el lector. No fue así antes, para eso estaban los intermediarios. Y ahora, de lo que se trata es de eliminar a los intermediarios, esa es la esencia del movimiento independiente, o indie en todas las artes. Así empezó en la música, artistas de prestigio mandaron a sus disqueras a la mierda, promocionaron sus discos en la red, y salieron a dar conciertos, a trabajar, le era del videoclip los había aflojado.

 

¿Cómo imagina el oficio del escritor entrado el siglo XXI?

Estoy convencido de que el siglo XXI, contrario a todas las predicciones del momento, será un siglo literario. El escritor tiene como nunca la posibilidad de encontrar a los lectores para su obra y mantenerlos en su órbita. Lo que sí tengo claro, y con ello retomo lo que dije arriba, es que la era digital no favorece a los intermediarios. Uno puede hacer todo, está el POD (impresión sobre pedido), Amazon, Youtube y las redes sociales. Pero hay que trabajar, y mucho, muchísimo. Si te vas por la vía independiente, debes saber que trabajarás de madrugada en tu nuevo libro, en la mañana en editar y publicar el que está en camino y en la tarde y la noche en promover y distribuir los que ya vieron la luz. Nadie ha dicho que sea fácil, pero es la vía, nadie lo va a hacer por ti. Si tus libros tienen éxito, vas a tener detrás un ejército de agentes literarios y otras formas de vida parasitaria interesados en promoverte y hacerse con una tajada. Ahora es al revés, los escritores viven mendigando atención de las editoriales, de los agentes literarios o de cualquiera que se deje. En vez de gimotear, ponte a trabajar, conviértete en un profesional, en un empresario. Si tanto amas la literatura, dignifícala con tu trabajo, que no te avergüence salir a vender tu pan. Es duro, pero cualquier empresario podría decirte cómo empezó, y ningún negocio que valga la pena deja de serlo al principio, y sólo crecen los que se mantienen el tiempo suficiente en la pelea. No es diferente con la escritura. Los libros que nos gustan se escribieron hace veinte o treinta o cien años. ¿Qué tal que de aquí a treinta años tú como autor sepas en manos de quién está la última copia vendida de tu libro y, sobre todo, que cobres por ello?

 

¿Cuál, según usted, podría ser el futuro del mundo editorial?

Uno muy interesante y diverso. Y seguramente más nivelado, con una relación más directa y fluida entre el escritor y sus lectores. Los editores son los primeros que han cantado la muerte de la novela desde hace años. Yo creo que el género está más sano que nunca ahora que hay muchas más formas de leer. En el medio en el que todavía trabajo (no me queda más remedio) se habló de la muerte del periodismo cuando en realidad se estaba hablando de la muerte del periódico impreso. Es indiscutible que las nuevas generaciones van a prescindir de esos artilugios como los escritores dejamos atrás la máquina de escribir hace años. Y los modelos de negocios cambiarán. De algo estoy seguro: los sellos editoriales dejarán de tener protagonismo, que le será devuelto al escritor, donde debió siempre estar. La hegemonía de los grandes sellos editoriales es lo que está matando la literatura y el peso que los grandes escritores y obras literarias tuvieron en siglos anteriores. El Quijote estaría ahora esperando dictamen de un agente literario y ni siquiera habría llegado a una editorial, mucho menos a una librería.

 

¿Cuán importante es la tecnología y su dominio por parte del lector en el nuevo diseño del mercado editorial?

Hay ya un nuevo tipo de lector. El mismo día que anuncié que Barcos que se cruzan en la noche estaba ya en Amazon, lo bajaron tres lectores, amigos por supuesto, que estaban esperando que eso sucediera, dos a su Kindle, una a su Iphone. Muy conveniente para ellos, porque lo pueden hacer al instante y desde donde estén, a menor precio. Y muy conveniente para Amazon, cuyo producto estrella hoy es el Kindle propiamente y a quienes le cuesta muy poco, casi nada, distribuir tu ebook porque el trabajo para que eso suceda lo hace el escritor, ellos solo brindan el espacio y el soporte de distribución. El lector, a veces tendrá que saber bajar alguna aplicación y demás, pero para los nativos digitales ya ese no es problema, es la manera en que viven, trabajan, se relacionan y leen. Amo los libros, no he renunciado a ellos, por supuesto, pero como autor considero una bendición que existan el Kindle, el Ipad, la Mac, la PC, el Ipod touch o cual sea el dispositivo en el que un lector quiera leer mi obra en la forma de un ebook. Las cifras no son aún significativas, pero a dos semanas de publicar la novela en Amazon y Amazon Kindle, la compra del ebook triplica a la del libro impreso. Eso no es futurismo, es una realidad ya.

 

¿También para el lector hispanohablante según las realidades económicas de América Latina y ahora mismo de España?

El mundo se mueve en esa dirección. Más tarde o más temprano, también América Latina y España irán hacia allá, y yo diría que más temprano que tarde, sin reposo, se abrirán las grandes alamedas…

 

¿Cree que el lector convencional se adaptaría a tantos cambios, o funcionaría como una especie de tanque de oxígeno al mundo editorial tal y cómo lo entendemos hoy?

Si los cambios son para mejorar, la gente por supuesto se adapta. Nadie usa hoy la máquina de escribir ¿o si? Quizá haya algún dinosaurio por ahí. Lo que me parece increíble es que haya quienes lo duden, que la gente tenga una visión tan de corto plazo. Precisamente el mal de nuestro tiempo es ése: el bestseller se impone al longseller en presencia en las librerías. Eugenio Sue en su tiempo fue un bestseller, Borges nunca lo fue. Pero los libros de Borges hoy se siguen vendiendo en todo el mundo de habla hispana. El escritor tiene que apostar por la visión de largo plazo, porque a la inmensa mayoría de las grandes obras literarias les costó mucho emerger y ser reconocidas como tales.

 

¿Y los escritores? ¿No serían ellos, acostumbrados a ceder sus libros a las editoriales para que los representen, quienes también podrían o bien abogar por el modelo existente o construir otro, sin dudas nuevo, pero en el que se repetiría esta relación entre el autor como representado y una editorial o editor como representante?

Habrá de todo, precisamente habrá de todo. Y en ese gran todo, el modelo del escritor independiente quizá sea uno más. Yo recomiendo leer el artículo sobre la larga cola de Chris Anderson en Wired, o identificar la ley de Pareto misma e informarse sobre los cambios estructurales de la nueva economía digital, a los escritores sobre todo, por lo menos para que entiendan las bases económicas de los cambios que se están generando y decidan qué modelo quieren. El problema es que hoy los escritores siguen aferrados a la idea de que son más importantes si publican con Alfaguara o con Anagrama o Planeta. Hay escritores, incluso, que pagarían porque los publicaran en esas editoriales. Hay una inversión del sentido de todo esto. Hoy cualquier mercadólogo te machaca hasta la saciedad con aquello de que “la marca eres tú” y que “el contenido es rey”, pero la mayoría de los escritores sigue tras la zanahoria de los sellos editoriales y sus premios literarios, la lotería, el éxito rápido y el reconocimiento de sus jefes, otra vez, las casas editoriales.

 

Si comparamos el funcionamiento del mercado literario en los países de habla inglesa, ¿escribir en español se convierte en una desventaja?

Es y ha sido siempre una desventaja. Cultural. En todo México, ya se ha dicho muchas veces, hay menos librerías que en Barcelona. Probablemente esto haya cambiado un poco, porque ahora Gandhi tiene una sucursal en casi todas las ciudades grandes del país, pero eso es todo, un único espacio de exhibición para los mismos autores. México es un caso extremo, por supuesto, un centenar de millones de analfabetos funcionales. Puedes subirte a un metro atestado de gente y ver a dos personas leyendo: uno, el libro vaquero; el otro, la Biblia. En Cancún, aparte de la recién estrenada Ghandi, hay una librería de intercambio, Needful Things, que crearon, visitan y surten los turistas que llegaron para quedarse y ahora viven en la Riviera Maya, es una buena librería, el único problema que tiene es que no hay libros en español, hay muchos y buenos libros en alemán, francés e inglés, eso sí. Y muy pocos nativos la visitan.

Un libro es como un hijo, nadie lo va a querer como sus progenitores. Entonces ¿por qué durante tanto tiempo hemos creído que está bien traerlos al mundo para entregarlos, recién nacidos, a la orfandad de las editoriales, que allí los cuidarían mejor que nosotros?

Yo, que me separé también muy temprano de mis dos primeros hijos, sé cuánto les quité y de cuánto me perdí al no estar cerca de ellos, pero con mis novelas no tenía otra opción: o se las entregaba a las editoriales, si es que las querían, o morían sin ser leídas.

Han pasado ya más de nueve años desde que publiqué Voyeurs con Alfaguara en 2002, la última de tres. No abandoné la escritura literaria, por supuesto, no podría aunque quisiera, pero dejé de publicar, deseché incluso novelas terminadas y lo poco que mandé a editoriales fue rechazado o, en el caso específico de Alfaguara, su propuesta de publicación era más de lo mismo –quizá la novela también– y fui yo quien, afortunadamente, declinó la oferta.

Con la salida de Barcos que se cruzan en la noche en 2011 rompo una década de silencio, y en los años subsiguientes publicaré Kali la Oscura, la segunda entrega de la Trilogía de la Isla Grande, y una tercera cuyo nombre no debo hacer público aún.

Las circunstancias son muy diferentes ahora. No he entregado mi obra a editorial alguna; la he publicado yo con la colaboración de un muy reducido grupo de amigos. Mis novelas son demasiado importantes para mí como para dejarlas en manos de otros. Es hora de hacerme cargo de mis libros y no dejarlos solos nunca más.

¿Qué ha cambiado en estos años? Primero, los medios a mi alcance. El medio mismo, el entorno del lector. Las formas de publicar y distribuir una obra se han diversificado, y la manera en que la gente lee. Hace diez años no existía el Kindle, ni el iPad, ni las redes sociales, ni las discusiones en línea con el lector –no tenían voz ni con quien hablar–; Amazon y la distribución en línea apenas empezaban, y también la impresión sobre pedido, y el ebook, ahora accesible para lectura hasta en un teléfono celular.

No existían, en fin, los medios y recursos que el autor tiene hoy a su alcance para tomar las riendas y decidir, no sólo traer el hijo al mundo, sino cuidarlo, verlo crecer y estar cerca. De él y de quienes lo hayan elegido y lo distingan con su lectura y compartan el gusto de conocerlo.

Barcos que se cruzan en la noche, que estaría presentando en noviembre de 2011 en la Feria del Libro de Miami y en Guadalajara, es la primera novela que escribo, edito y publico apoyado en un pequeño grupo de gente muy cercana y conocedora, con todo el amor y la dedicación, y pensando también en un pequeño grupo de lectores agradecidos y a quienes también agradezco de antemano.

 

“No hay nada más alentador que el hecho de que alguien compre tu trabajo. Nunca escribo —soy físicamente incapaz de escribir— algo por lo que crea que no me van a pagar”. Truman Capote.

Un panadero francés llegó a la colonia Roma. Rentó un pequeño local a una cuadra del mercado de Medellín y a otra de su competidor: la panadería El Globo de Plaza Insurgentes, dizque francesa y propiedad de un potentado.

El humilde panadero tenía un horno viejo y una mujer joven como él y un hijo recién nacido. Ahí estaban los cuatro todas las mañanas, la familia y su horno. Y el olor del buen pan francés empezó a inundar su calle y algunos lo compraron y vieron que era bueno.

Todos se preguntaban si sobreviviría. ¿En el país de la tortilla? ¿Donde no hay ninguna tradición de buen pan salado y la gente confunde panadería y repostería (de ahí El Globo)? Además, su baguette era bastante más cara que la competencia y la panadería no tenía ni siquiera un anuncio, ni nombre, más allá de los precios y “Boulangerie Française” escrito con tiza en una pizarrita a la entrada, ni se había dado a conocer por ningún medio, ni tenía una caterva de amigos en Facebook, ni seguidores en Twitter, ni perro que les ladrara.

Sólo el pan. Eso sí, buen pan.

Tenía a favor, si acaso, el lugar elegido para instalarse: la Colonia Roma, cosmopolita, llena de extranjeros que no necesariamente se desvelaban por la tortilla y los frijoles y de mexicanos con millas de vuelo que conocían otras cosas. Se corrió la voz y pronto se formó una discreta clientela local, que me incluía, y yo corrí la voz también y mi hermano venía desde la colonia Narvarte a comprar el pan del humilde panadero francés.

Pronto el boulanger franchute compró un horno nuevo. Automatizado. Ahora, sus clientes sabíamos exactamente los minutos y hasta los segundos que faltaban para que saliera la próxima horneada, a la vista de todos en números verdes en la pequeña pantalla del temporizador, en el lugar donde había estado la cuna de su bebé el primer mes. Ahora su mujer administraba el pequeño negocio y tenían a una vendedora y hacían otros tipos de pan y la clientela seguía creciendo.

Se empezó a hacer una breve fila frente a su puerta en las mañanas y… hasta ahí llega la historia como yo la conocí porque me fui con mi familia de la Colonia Roma y ya no supe más. Ahora, en Cancún, en el húmedo trópico donde el pan se reblandece a los diez minutos de haber salido del horno, extrañamos al humilde panadero francés a la hora de aquellos desayunos que tanto disfrutábamos en la dulce colonia Roma, ciudad de México.

Me han dicho que ya no está ahí, pero no tengo ninguna duda de que estará en otra parte haciendo buen pan, y tendrá su clientela, exigua quizá como tiende a suceder con lo auténtico, pero fiel y segura, ahí estará donde él esté porque hace un buen pan y eso lo distingue.

También existen El Globo y hasta Lady Gaga Bakery, por supuesto. Hay para todos los gustos y disgustos. Pero en tanto el ser humano tenga una percepción natural de los diferentes sabores habrá buen pan y humildes panaderos franceses que lo hagan y familias que lo disfruten y lo quieran llevar a su mesa y compartirlo con los suyos.

Y la gente que ama el buen pan los descubrirá donde quiera que vayan, y le comprarán su pan, y agradecerán que exista, y reconocerán que hacer buen pan es una manera legítima de ganarse la vida y que debería haber más humildes panaderos franceses y menos globos inflados donde te venden el pan y le regalan los globos a tu hijo para que insista en volver por más (globos, no pan).

Ganar dinero, eso era todo lo que quería el panadero, y mantener a su familia con el fruto de su trabajo. Eso es lo que quisiéramos todos, hasta los escritores. Salir de la esclavitud de la miseria y el resentimiento que genera haciendo lo que nos gusta y podemos hacer bien. Trabajar en aquello en lo que creemos y queremos. Así de simple, taaan simple.

Entonces ¿por qué casi nunca ocurre que los escritores vivan de  lo que escriben? Algunos incluso podemos contar una historia más o menos bien y, además, ya está el horno electrónico. ¿Habrá quién nos compre si nos disponemos a vender nuestro pan? Yo pienso que sí, pero primero tenemos que creer nosotros mismos en el pan que hacemos, que quererlo y creer en el mensaje y el regalo de este humilde panadero francés de la Colonia Roma. Y aceptar que no somos El Globo, ni nos interesa, que tendremos una clientela más exigua, quizá, pero nuestra, la que nos toca. Y que si queremos  vivir de nuestro pan hoy no basta con hacerlo, hay que salir a venderlo.

Lichi Diego comenzó a morir en 1994; sucumbió, como estaba previsto, un lunes de 2011 por un riñón que no era suyo, y unos pulmones que eran suyos y estaban llenos de humo y un cuerpo en general que él mismo ya había descuidado y que abandonó de manera definitiva el domingo siguiente al trasplante, en vísperas de la eternidad.

No sentí la muerte de Lichi por él o nuestra vieja amistad, sino por mí y por mi país, por un tiempo, una época en México en que estuvimos muy cerca y éramos aún jóvenes. Lichi no era un genio literario o el más grande ser humano –uno bueno sí en ambos casos–, pudo ser más de todo si hubiera sido una meta en su vida, pero él mismo se habría burlado a su modo, suave, siempre sin ofender o agredir, de esa pretensión mía, y me habría dicho una de las suyas, y me habría hecho reír, que es lo que mejor hacía.

Cuando lo conocí, ya Eliseo Alberto había empezado a convocar su muerte, tras la de su padre, Eliseo Diego, en 1994. Nunca se despegó de él; el gran poeta fue su guía espiritual y una sombra que siguió al hijo por el resto de su vida y ejerció sobre él una fascinación terrible y mucho mayor que aquella que él mismo ejercía en todos nosotros.

Lichi fue el centro de un grupo de escritores y gente de letras e ideas que llegamos a México casi al mismo tiempo a principios de los noventa. Destaco en ese grupo específico a Cecilia Bobes, Rafael Rojas, Emilio García Montiel, José Manuel Prieto, yo y, quizá menos y menos tiempo a Ernesto Hernández Busto.

Había otros, por supuesto, artistas e intelectuales de toda índole y género, pero sobre todo, cubanos. Lichi no fue un líder intelectual, moral o espiritual, más bien fue una figura totémica, el alma del grupo, el anfitrión que gustaba de cocinar y reunirnos alrededor de la comida, la bebida y su conversación, a veces bufonesca, a veces transida de habanero dolor, siempre sin rencores, y en las que el poeta Eliseo Diego era el ángel tutelar, observador oculto pero omnipresente de los decires y quehaceres de su vástago.

De ese grupo se mantuvieron siempre cerca de Lichi, físicamente y hasta el final, Rafa y Ceci Bobes, y por supuesto el fantasma de Eliseo, los demás dejamos de vivir en la ciudad de México, pero mucho antes nos veíamos ya menos; cada quien hizo su vida y su obra. Lichi siguió viviendo rodeado de amigos, o de gente que simplemente lo admiraba, o lo seguía por buenas razones. Nadie pudo hacer mucho por él más que acompañarlo hacia su muerte.

Cuando la emprendía con un libro, Lichi escribía como un desaforado: decenas de páginas en un día, avanzaba a una velocidad de vértigo y apenas sin ripios, era un escritor oral e intuitivo. No obstante, los ecos garciamarquianos en su prosa, y su propia banalidad le imprimieron siempre un tufillo circense y barato a sus historias y personajes, y no solo en la Eternidad por fin comienza un lunes, que más bien marcó el derrotero, la escenografía, la jaula de José o el retablo del conde Eros, todo era lo mismo, sus personajes eran saltimbanquis que él movía en una tramoya de ensueño y así se veían, como marionetas de su autor, sus golems.

Era incapaz de medir su esfuerzo o su talento, y para el caso, el de nadie, nunca se leía los libros de sus amigos y, de hecho, nunca leía nada y le gustaba decir que su película favorita era Duro de matar mil y pico o cosas así que, además, solían ser verdad.

Pero escribió un libro formidable y honesto, y más para su tiempo: Informe contra mí mismo. Ya quisiéramos muchos… Y creo que acaso por este se le recordará por más tiempo, al menos como escritor, porque algo está claro para quienes fuimos sus amigos: era fascinante en persona y era un deleite mayor escucharlo que leerlo, estar cerca de él. Yo así lo recuerdo, cuando escribió y nos leyó las primeras páginas del Informe: siempre lo hacía, leernos todo lo que escribía, no darlo a leer, sino leernos. No le importaban mucho las críticas a favor o en contra, no las escuchaba, sólo nos secuestraba unas horas y luego nos dejaba ir.

Casi todas las novelas de Lichi surgieron de guiones de películas que él mismo escribió aún viviendo en Cuba, o eran proyectos cinematográficos, pero con el Informe fue diferente; no tenía ninguna idea de lo que quería hacer cuando comenzó a escribirlo, más allá de la tristeza por Cuba y la rabia, y me consta. Todos, absolutamente todos le dimos cuerda para que siguiera, todos vimos que allí había algo genuino. Y él ya había arrancado y no paró desde el primer día hasta su publicación, y no puedo saberlo, pero estoy convencido que es su mejor libro y también el más leído, y el que más enemigos le generó dentro del régimen, para siempre; a pesar de la figura que fue, tan querido y tan reconocido por todos, la embajada cubana en México no se dignó a enviar siquiera una corona a su sepelio, me dicen. Tampoco nadie esperaba que lo hicieran.

Ya sabía que estaba grave, pero me enteré de su muerte por El País. “Andresito querido”, me escribió la Bobes, “todo el día buscando tu teléfono, supongo que ya lo sabes pero hubiera querido decírtelo yo”. Y después, en otro: “Qué solos nos vamos quedando, y que pena que el mejor ha partido primero”.

Yo estaba en plena mudanza. Y las fotos empezaron a aparecer desde todos los rincones de mi casa en Cancún, y los recuerdos. Y lo que sentí fue eso: una soledad inmensa, una nostalgia terrible por aquellos tiempos en que estábamos junto a él y mucho más lejos de la vejez y los sueños demediados, navegando aún hacia el futuro. Y ninguno de nosotros se había muerto.

Ahora sí, Lichín, descansa en paz, nuestro Eliseo Alberto junto a nuestro Eliseo Diego, tu querido padre. Espero que ya se hayan encontrado, tendrán tanto de qué hablar, eternos conversadores. La eternidad ya comenzó para ustedes, un lunes como ambos nos lo hicieron saber, y ahí estarán.

 

COMIENZA UN LUNES

La eternidad por fin comienza un lunes
y el día siguiente apenas tiene nombre
y el otro es el oscuro, al abolido.
Y en él se apagan todos los murmullos
y aquel rostro que amábamos se esfuma
y en vano es ya la espera, nadie viene.
La eternidad ignora las costumbres,
le da lo mismo rojo que azul tierno,
se inclina al gris, al humo, a la ceniza.
Nombre y fecha tú grabas en un mármol,
los roza displicente con el hombro,
ni un montoncillo de amargura deja.
Y sin embargo, ves, me aferro al lunes
y al día siguiente doy el nombre tuyo
y con la punta del cigarro escribo
en plena oscuridad: aquí he vivido.

Eliseo Diego.

 

 

 

Se lee en un cartel grande a la salida del aeropuerto. Cuando llegué a Cancún hace dos años y buscaba dónde vivir, en una agencia de bienes raíces me explicaron el paraíso con un mapa: Hay dos Cancún; uno se extiende desde la zona hotelera hasta la avenida López Portillo; el otro empieza ahí y se prolonga en barriadas hacia la carretera a Mérida. Pero esas son las regiones; técnicamente, él paraíso es lo que está de este lado.

Y en el paraíso las cuadras se llaman manzanas y las colonias supermanzanas en una velada alusión a Eva y Adán y las tentaciones. Y en las regiones viven los expulsados del paraíso, la malograda descendencia de la primera familia disfuncional de la humanidad.

En una colonia de clase media baja cancunense como Islazul, donde viví hasta hace unos días, puede verse en las mañanas llegar una tropa de habitantes de las regiones: son las muchachas del servicio doméstico. A veces hasta hacen fila en la caseta de vigilancia para anotarse y entrar y salir en una especie de búnker que, además, los colonos agradecemos funcione como tal.

Hay un chiste, que se repite en otros países, de que Dios le dio todo a México en cuanto a naturaleza y dones y para compensarlo llenó el territorio de mexicanos. Y uno no deja de preguntarse si los mexicanos tienen (tenemos, y a la vez hemos sido expulsados de) el paraíso que merecemos. En mi caso contaría como una segunda expulsión, pero como diría el borracho: de lugares mejores que este me han botado y me he ido.

Y es que, hasta ahora yo había vivido en el paraíso, pero este se ha recalentado de tal manera que empiezo a entender el simbolismo de los querubines que guardan sus puertas armados con espadas flamígeras para evitar el regreso del hombre. Me me estoy preguntando, muy en serio, cómo vine a dar aquí. Mi obsesión con el mar, ya sé, el Caribe. Se me olvidó que yo juré y perjuré que nunca volvería a vivir en Cuba ni aunque llegara a ser un país normal. Por el calor, por la humedad. Y aquí estoy, nada menos que en Cancún, el paraíso, y qué ganas de largarme, ya. ¿Alguien se pregunta cómo se extinguieron los mayas? Más bien habría que preguntarse cómo lograron sobrevivir aquí. Y  a no dudarlo: en agosto era cuando les entraba la furia y se ponían a sacrificar a quien se les pusiera delante.

Tito Puente toca timbales en La Luna

 

El maestro Tito Puente repica con las baquetas la panza del canguro,

con ágiles molinos metálicos o graves.

Con una mueca augusta, un tam-tam sostenido,

agujerea los parches teje una alfombra sonora

rompiendo gravedades e inercias musicales.

Es un ciclón newyorican batiendo en la ventisca

remedando el sonido del granizo y la lluvia.

 

Le susurra zalamero su ritmo al oído

y el bajo hace una entrada de cadencia mulata.

El maestro Tito Puente esta tocando en la Luna.

Y hoy la noche es mas larga y pareciera que el astro

que refleja ilumina de grises encarnados.

Tiene un codo en la tripa de nylon,

y un ciclón tropical y un turbante,

como un ala de nieve o un ángel,

como un gorro de estambre.

Es un niño que golpea sobre un cartucho inflado.

 

Tito Puente está alunizando en los cráteres

con smoking de satén y zapatos de dos tonos,

levantando con su baile una lluvia de estrellas.

Y se escucha la voz de Celia y los acordes

de Carlos Santana.

El maestro Tito Puente esta tocando en el oído

de Dios y hay un brillo estelar de champola e incienso

junto al sonido de un tren al pasar.

El maestro Tito Puente esta tocando y eso basta.

En la luna de un espejo o en el cuero de un chivo,

o en el parche sintético o en la caja o en el cielo,

o sobre un charco helado o sobre una cazuela,

sobre el haz de un relámpago en la noche cerrada,

en la noche sin lunas de Manhattan.

El maestro Tito Puente esta noche

esta tocando en la Luna.